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Capplannetta talking about midnight cowboy

La ilusión provinciana de irse a New York está inyectada en el ADN de todo el mundo. Incluso una choni o un garrulo quieren ir de vacaciones  a New York, y eso no es más que otra horterada globalizada y viscosa como un gargajo en una acera. La gran manzana es una podrida colmena de gente de cualquier pelaje. De adolescentes atontados por el germen incompatible de una ciudad lejos de la propia humanidad. Irse a Nueva York supone romper con los prejuicios morales y es una libertad de oropel desconchado que mantienen viva los paletos y los muchachos de extrarradio. Se ha escrito mucho sobre la ciudad de las ciudades, sobre la sede de la mentira de la ONU, del crack eterno y la especulación asquerosa de Wall Street. Millones de veces ha sido alquilada la capital del mundo contemporáneo, baboseada, manoseada, usada como un monstruo de acero entre las diversidades esclavizadas. Nueva York es ciudad amparada bajo la estatua de la libertad, mientras que mujeres frías absorben el último miligramo de éxtasis absoluto y lejano de los niños pobres del sur, rubios y vestidos como sí de un western se tratara este asunto de monopolizar hasta el bostezo, Times Square es un gigantesco monte de Venus donde las prostitutas rinden homenaje a su melancolía diaria. El esperpento del mundo está allí, donde es evidente la soledad del hombre. Nueva York pertenece al mal aliento de whisky y se hace esbelta en la llegada al aeropuerto, donde eres infinitamente extranjero por los siglos de los siglos. Los taxis son de chapada mostaza con ruedas donde en los asientos traseros eyaculan los oficinistas que resuelven los sábados-noche con un cascabel de gato para que las perras los oigan venir. Hormigón y acero son los dioses que nadie ha podido devorar jamás. Eres alzada por el poeta porque es como un niño que descubre a una luciérnaga. Eres cantada por tantos músicos que han actuado en Madison Square Garden para dar por hecho de que eres la mentira del mundo. Yo también sé convertirme en crepúsculo putrefacto de apellidos y raigambres que sentencian en el American Dream un simulacro para los simples y los mezquinos. En New York no hay ni habrá dinero colgado de los árboles de Central Park, ni los perros se mean en las alfombras apolilladas. Sólo Harlem está dispuesta a cantarle a la patria de los vencedores de todas las guerras que se ocultan en tus cloacas, como un huésped incómodo que a las dos horas molesta. Yo prefiero ser salvaje, aunque tú lo intentes y lo diga Lou Reed no eres salvaje, eres remota y en tu porvenir reina la angustia, reina la finita y cotidiana tranquilidad del hombre. Las mujeres del Greenwich Village no se han educado para personas como yo, yo soy de esos hombres que asustan a los niños que huyen de las fiestas y de la jauría de grillos que chillan en el espanto del zoológico.