Capplannetta pasajero

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Hace unos años, en un vuelo Lima-Madrid, después de dieciocho horas para embarcar, me embarqué solo en los asientos de la izquierda, de cara a la cabina, me senté y al rato, cuando el avión despegaba una chica joven del asiento de al lado lloraba y miraba unas fotos, la chica lloraba con un sentimiento muy profundo, se le caían lágrimas mezcladas con rímel de sus pestañas, con lo cuál, eran unas lágrimas negras, tal y como recordaba a la canción. Le pregunté: -¿Son tus hijos, verdad? Y me contestó un sí tremolante, y añadí: ¿qué edades tienen? Me dijo que el pequeño tenía un año y dos meses, y la niña mayor ocho años. Le di un pañuelo de papel para que se limpiara las lágrimas. Le volví a preguntar después de haberme dado las gracias: ¿vas a Madrid a trabajar? Y me contestó afirmativamente y añadió que iba a alojarse en una casa de su tía, me contó que la hija mayor iba al colegio italiano Antonio Raimondi; lo recuerdo porque he pasado por ese colegio desde un taxi. Cuando hablaba estaba totalmente compungida, su llanto se entremezclaba con suspiros y su propia voz, me dolía escucharla con ese sollozo y esa angustia, sin lugar a dudas era una madre, una buena madre, percibí. Traté de dormir, pero aún así, la escuchaba llorar respirando y llorando como una Magdalena, es injusta la vida. Vemos a esas mujeres, a esos hombres, y no nos preguntamos porqué emigraron de su país, algunos dejando a hijos, algunos dejando a familias, viven en soledad, tienen pocas horas de ocio, cuidan de nuestros ancianos, nuestros hijos, nosotros no somos culpables, pero así es el mundo, así es la vida, a veces somos como peces a los que sacan del agua y dan bocanadas sin fruto, bocanadas sin oxígeno, que no recuperan aliento hasta no volver al agua, a veces es lo contrario, gente que se ahoga en un mar de agua, la vida puede llevarnos a eso, a las últimas o penúltimas bocanadas. A intentar sobrevivir hasta las últimas consecuencias.

suerte de naipes

doble cortina

Como en una suerte de naipes, Perú es una escalera de color, al cholito lo sentencia el mestizo, al mestizo lo sentencia el caucásico, y así, toda la amalgama de culturas, se sentencian alrededor de Miraflores y San Isidro, que viven amurallados ante los vestigios emigrados desde la selva, la sierra y los suburbios de la costa. Lima, sucia de huano de pelícano, Lima, con su playa de invierno podrido, se muestra altiva y prepotente por que la noche de cara al pacífico se eleva como una rosa náutica de lujo y despilfarro. Mozo, sírvame un pisco sour, Mozo, sírvame el jalón que me cure el soroche, Mozo, sírvame el bitute, que me quedé con hambre en el lonchecito, yo te doy mi dólar sudado y no es coima, sino propina. El aullido eterno de los 500 años, Pizarro descabezado y la sangre de Tupac Amaru, el último lamento de Atahualpa, búscame en el sol de mi Donuts de lúcuma, destápame que el huachimán ha encontrado ratones, ratones no, que son cucarachas, cucarachas no, que son hormigas rojas, séllame la boca con un huarique donde venden unos pollos asados de la puta madre, en Perú se come bien en todas partes, el único inconveniente es que no hay dinero en ninguna parte, vamos a Azángaro a falsificar documentos, vamos a Gamarra y compramos ropa cómoda, yo me voy a la Casa de España pues hecho de menos a la Madre Patria, pero eso no es malo, lo malo es que llevo deambulando entre el tráfico de Lima sólo hace una semana.