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Las deudas eternas de Capplannetta

En algunas ocasiones lo escrito a corazón abierto se puede utilizar en tu contra. Me ha pasado muchas veces. Lo llaman hacer concesiones. Y hacer concesiones ante algunas personas puede ser utilizado como artillería pesada contra uno mismo, y eso no es lo peor, lo más fuerte es que lo pueden usar en tu contra gente muy cercana. Escribir en el lugar que ocupa la realidad siempre hay una víctima, y puede que seas tú como escritor, o familia cercana sin ser culpables de nada. Cuando abres tu corazón crees escribir para consuelo tuyo o el de los demás y lo que consigues es que se vuelva en tu contra como arma arrojadiza. No hay literatura sin experiencia, y no hay experiencia sin vivir la vida, y no hay vida para contar si esta no está barnizada con un barniz de sinceridad, quizá demasiada sinceridad, tal vez te equivoques. A veces las personas nos dejamos de engañar contando la verdad y lo que se consiguen son golpes bajos que te debilitan y te hacen vulnerable. Contar la verdad o ponerle un poco de realismo al asunto es a veces un campo peligroso. Resulta perjudicial para tu propia dignidad el contar cosas íntimas, pero también es íntimo tocar temas que involucran a otros, y ahí es cuando te empañas de un vaho traslúcido que hace opaca esa realidad que pudiera ser cristalina. Es evidente que sin cierto pudor, o rozar la ficción es importante. Pero cuando escribes sobre un motivo real ahí si tienes que ser escrupuloso y guardar ciertas distancias. Sin duda la literatura es un diálogo entre autor y lector, y cuando te ves en camisa de once varas ya sea por tu buena fe, incluso por inocencia, puedes caer en el barro piernas adentro. Y ese fango te deja inmóvil y desnudo total.