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Capplannetta y la curiosidad

Me ha dicho un algoritmo que necesito saber, indagar e inmiscuirme en la poesía. No me pregunto cómo sabe que me gusta la poesía porque eso lo saben los que me conocen, y el algoritmo me conoce demasiado. Me pregunto, ¿por qué sabe el algoritmo que escribo poesía? Y lo he descubierto, lo he adivinado. Lo sabe porque tengo curiosidad, y mi curiosidad me invita a entregarme a la inquietud. Un hombre sin inquietudes es un hombre insípido. La inquietud es la base de la curiosidad. Un animal inquieto que escribe poesía está predestinado a no ganar ni un euro. Los poemas nos enseñan a ponernos serios, a alegrarnos después de un trabajo bien hecho, y también sirven para acercarse a los demás poetas.

Según Sigmund Freud el hombre dedica la mayoría de pensamientos basándose en la sexualidad. La sexualidad contiene el ingrediente por antonomasia que tiene cualquier poeta, ya sea mujer y hombre. Escribo poesía porque busco la buena salud erótica. Mi poesía habla de amor, desamor y lo de entremedio. La sexualidad me inquieta. De ahí parte mi curiosidad por la poesía. La metáfora, la ironía, la sátira, y el cantar más bello parten desde la inquietud. El algoritmo me tiene calado. Conoce la música que me gusta, conoce mis aficiones, conoce mi persona. Los algoritmos escupen conocimiento y todo se basa en una fórmula matemática. Me gusta mostrarme de manera leve, aunque el algoritmo no conoce secretos que me llevaré a la tumba. Pienso que no estoy solo. Tengo familia y un algoritmo que me conoce bien. Un algoritmo es sin duda una ecuación que te desnuda y te busca entre consuelos y desconsuelos. Sabe que algo busco. Sabe por quienes tengo debilidades. Un algoritmo insinúa que soy poeta, lo sabe por experiencia.