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Capplannetta y el reloj de barro

Me ocurre desde hace mucho tiempo atrás. Me puede la impaciencia. Cuando estoy realizando algún trámite, cuando espero de la publicación de un libro con su ritmo lento, me impaciento, y eso es debido a que me desespero con facilidad. Y no es una cosa de la cual yo haga alarde. Simplemente es un mal hábito que debo eliminar de mi existencia. Publicar un libro es un proceso lento, muy lento, y no puedes estar molestando al editor o a sus empleados con llamadas y emails. 

Querer vivir deprisa siempre ha sido mi defecto. Me gusta la velocidad. Pero la eternidad, como nos han enseñado en el colegio, puede ser aún más desesperante si estás perdido en el limbo del más allá. 

Antes era más paciente. Pero en esa época mi vida no era lo que es ahora. Vivir deprisa o comer con gula provoca que no me inviten a ningún restaurante a zampar, comprobarían que soy un bárbaro. Me encanta disfrutar de los placeres de la vida, pero si estos exigen algún momento de espera me desespero. Como con las manos. ¿Y qué? No soy un aristócrata ni un cortesano que se las dan de estirpe y son estirpe sí, pero una estirpe de bambolla que los delata el WC. Soy más indio que soldado, monje o campesino. Ayer mismo me comí un arroz con conejo y comía con mis manos, y resulta un placer asombroso. No critico al que coma con tenedor y cuchillo, para comer carnes rojas también los utilizo. Pero comerme un pollo a la brasa con las manos es un verdadero placer. Habiendo trabajado en el matadero se te quitan los escrúpulos y las manías. Lo que no soporto es a los que hablan comiendo y sueltan esa cantidad de perdigones desde sus bocas grasientas. Ahí sí que reclamo ser buen comensal.

Comer en el McDonalds con las manos es un deleite tan chic que me río yo de lo que es comer en un restaurante vegano. Comer es algo muy serio. Aunque pensándolo mejor, es un gustazo comer, y si lo haces con las manos disfrutarás el doble, pero si a eso le añades comer a dos carrillos para todo aquel que le falten muelas es un placer divino. Piénsenlo. Gozar es vivir. Pero pensándolo bien, no estamos hechos para durar, y por el pecado de comer, por la culpa de pecar, siempre habrá un motivo por el que perder la paciencia. Debemos comprender bien que cada ser humano tiene su reloj marcado, y cada uno va a su ritmo. Desesperarte te lleva al tedio, debes saber lo importante que es esperar, y al mismo tiempo, vivir mientras tanto. Mientras tanto se espera, se llora y se padece. Porque todos tenemos nuestros achaques y problemas, y no se van a llevar el tiempo como en un reloj de arena. Es preferible que el reloj de arena no se haga barro. Y se puede hacer de barro si forzamos a que las cosas salgan peores de cómo las queremos o las preferimos. Un reloj de barro puede remontarnos al tiempo que perdimos al desesperarnos, y sobre todo, no tratar de disipar al tedio mientras se espera. Nunca se puede forzar el tiempo, y mucho menos el azar. El azar es un ordenador que ordena el caos que se aloja en nuestra rutina. Espera cantando, espera silbando, espera tranquilo. Si pierdes la calma viene el naufragio y entonces ya no habrá retorno hacia atrás.