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Capplannetta habla de la vida (prosimetrum)

Que el mundo te enseña a vivir, eso dicta el hecho de ser anciano. Dictar por ejemplo, la vida no es hablar del pasado, es subrayar aquello por lo que pasamos sin apenas percibir que así es el ser humano. Si el mundo no te enseña a vivir, te enseñará lo vivido y el día señalado. Tú que no aprendes de tus padres, ellos que saben lo que es vivir, verás pasar la vida con sus años, meses, días y horas, tendrás que sacudirte lo predicho en el hoy y ahora antes que volver a sentir, y si un día al suelo te caíste, te tendrás que levantar luego al fin. Es ley de vida, esa vida por la que luchamos y después morimos. La muerte es el último trago, salvo los que mueren durante su vida y su destino, y al morir mueres dejando lista el alma cuando todo alrededor se desvanece, la tarde cuando es preciso, y la noche que a veces es breve y será pasto de matachines e indecisos. Verás a amigos y enemigos pasar y vivir lo mismo lo que tú has vivido, aunque ahora, otros, como otros tantos frentes pendientes, y un remarcado sesgo consecuente a cualquier lugar que se te demora. Esperar a morir, eso puede ocurrirte ahora. Andar con algún Dios presente, o trabajarás en ayuno mientras se despeja entera tu aurora. No clames al inocente, tampoco quieras migas con el indecente, y tendrás que decir que todo lo pisado acabó en accidente. Corre, huye y vuela si fuera preciso. Reparte tu tiempo en las cosas y busca un sitio, tu sitio, no hay nada como el hacerte insumiso y llevar en alto tu cabeza siempre. Te asaltarán dudas y serán precarios los momentos presentes, te pasarás contando prefacios y prórrogas, en un largo desespero se te agotarán todas esas cosas hermosas que aparecen cuando tú afloras. Busca, elige bien el camino, no te vuelvas expectante ni tampoco ausente, no quieras cabra y soga, te cambiarán los tiempos, y entenderás que lo mejor es cuando no lloras, porque no puedes llorar, pero eso es otra historia. Aunque parezca lo mismo. Es hablar por hablar. La verdad solitaria es seca.

Capplannetta y el prosimetrum

Se han llevado mi equilibro y mi contumacia aquellos que tomaron a risa el volcán donde caí. Se han llevado mi primer libro y me tacharon de poeta de la raza, ahora lo tachan de que hago añicos los tabúes. También pudiera ser que acudiera el miedo a mí, con afán por odiar a la farmacia, al pescado o a las Fuerzas Armadas. Me gusta leer, escribiendo procedo a enaltecer entre metáforas e imágenes que vea como fuente y origen de las maravillas, maravillas del bloque donde trato en los rellanos con sureños y testigos de mi ecosistema apto solamente para anfibios. Soy hijo de emigrantes que dejaron unas casas con telarañas en aparejos y de muebles vacuas. En una maleta de cartón se fueron unos para el País Vasco, otros a Barcelona y otros a Buenos Aires. Dejaron su gracia en las ganas que tuvieron por anudar un mañana. Barcos y más barcos salieron en busca de un destino, el barco de mi bisabuelo era de mercancía rancia. Son italianos, hebreos y gallegos de Almería, ay amigo, tú eso ya lo sabías. El irse y  el regreso al llegar a las altas estatuas te dan la cara, una vez dentro, te dan la espalda, es como la gente que se sale del mapa. Apelan al buen vivir, a la herencia que esperaban, mangoneos de peones que obedecen para sobrevivir, y cuando van al bar llora el bandoneón, se cantan milongas de cuchilleros y tangos porteños en lunfardo. Se doblan las mangas de su camisa, se aprietan el cinturón, unos cambian los suspiros por reales y pesetas, otros cambian los pesares por huir de la miseria y la patria en decadencia. Así es la vida hermanos, así era la emigración hacia Cuba o Venezuela. Muchos ya no recuerdan lo fácil que era todo y te enseñaban a montar en bicicleta, cuando arribaste desde las Américas, llegaste con sombrero Panamá y traje de lino blanco, quisiste dártelas de rico y no trajiste más que tisis y unos caramelos para hacer dulce la infamia. Te presentaste sin nada, lo gastaste en lupanar y en juerga. Te fuiste fornido y ahora los calcetines te van grandes, te fuiste y un disparate había en tu maleta. Cuando volviste comprobaste que tus hijas ya eran mayores. Hasta eras abuelo. Yo soy tu biznieto, y escribo aquello que  vi en el cine.