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Capplannetta desatado

Me juzgas llamándome cobarde, sí, cobarde. Tú no sabes lo que es intentar un anhelo, un deseo. Tú no sabes lo que es eso. Intentarlo una vez, cien, mil, miles, millones de veces. Y abrazar el fracaso. Agarrarlo como tierra negra que campa en el monte. Tú no sabes lo valiente que es enfrentarse a ciegas a un hormiguero de salvajes seres sin alma. Tú no sabes lo que es pronunciar un tabú como el que abraza a la muerte risueña e impávida. Como un perro que pelea entre sangre de cicatrices por dentelladas de rabia. Tú no sabes lo que es notar una presencia extraña en la noche cerrada de los oquedales en invierno. No conoces la mortaja fría de los que también dijeron de ellos que eran unos cobardes. Y se enfrentaban a la guerra de toses, maldiciones y tropiezos. Porque el hombre sabe lo que duele, y acostumbrados al hielo de los lagos helados saben el futuro que les espera cuando la primavera los deshaga, y el verano culmine la faena de quemar la mañana más pura todavía. Tú no sabes lo que es llorar sin lágrimas. Morderte la rabia y escupir en las aceras un pasado que evocaba la libre idea de romper una barrera. Tú no sabes lo que es que un adolescente haga acopio del oprobio de los hombres vulgares, de los vulgos que dominan el idioma, de los cadáveres que pisan fuerte y no retroceden en su empeño. Así, así, así yo veo la égloga vecinal de las mujeres corrompidas por el golpe y el insulto. Tú no sabes lo que es, aunque lo intuyes, lo imaginas, o te resignas a la ciega memoria de los que se sentaron en mi taburete que ahora es mío, pero lo tendré que dejar, y lo dejaré porque me muero, porque no existo, porque es así la vida, la ley de la vida. Pero tendrás que ser tozudo y molestar, sí, molestar, arañar, hasta la extenuación. Romper cristales y luego barrer los añicos. Me dices cobarde, puede que lo sea, pero quizá lo intuyas, o te hagas el sordo. Porque amontonar en los pies el barro de las tardes de tormenta, el yugo que hace pares las yuntas que portean dos enormes bueyes. Tú no sabes lo que es llorar de soledad, de calumnias suscritas por la envidia. Luchar palpando perplejidad como agua fría.