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Capplannetta: aprendiz eterno

Aprender, ya no para enseñar, sino para saber vivir. No dejaré de aprender, de las leyes de la vida, de las leyes de la justicia de mi país no puedo nada más que ser pesimista. La justicia mala la paga siempre el pobre. Para el rico existen ciertas prerrogativas penitenciarias. Pero jamás creeré en la ley del talión, aunque sí creo en las leyes de la naturaleza, la ciencia y en las leyes ortográficas y gramaticales. Lo demás me parece no sé si un chiste o me parece algo que da motivo a la tristeza. Siempre se aprende una cosa nueva, incluso de viejo. Lo que mejor se aprende es aquello que descubre uno mismo. Lo que peor se aprende es aquello por lo que desconocíamos totalmente y nos resulta inusual a la vez que contradictorio. Este mundo parte desde un cúmulo de sorpresas, ya que mientras aprendemos algo nuevo nos sorprendemos y esa sensación de sorpresa es lo que da sentido a la vida. El sentimiento de sorpresa en la literatura está constantemente, es el ingrediente más usado. Porque la sorpresa nos despoja de tedio y monotonía. No me fío de tres clases de gente, los que te piden dinero por adelantado, los que prometen y prometen y jamás pactaré nada con un policía. Esas leyes me las ha ofrecido la experiencia, sé que mucha gente no lo entenderá, otros dirán que lo he aprendido del cine, pero no, son cosas que he vivido, y no porque yo haya pactado con la policía, pero son parte de la ley, y sólo aquél que tiene padrino en la policía se apadrina. Tampoco pactaría con un banco, esa locura ya la cometí al haber firmado una hipoteca. Me gusta ser libre y no firmaría más ningún compromiso financiero.