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Capplannetta ante los señoritingos andaluces

En mitad de la tregua de esta casa mía hay un té entre ricos sin pobres y corre una paz impía atenta a los momentos de radiofonía. Se sientan a oír las voces en los noticieros y una duda de cañería y espejos recorre la blancura palaciega con mantelería y recorre el parentesco que nadie nunca de veras desearía ni tampoco los supondría. Los señoritos visten de seda su invisible pleitesía mientras las criadas y las cocineras pulcras son sumisas a la orden dictada desde su hidalguía. Marqueses, condes, duques y bambolla vacía como intrusos son testigos de la bulería mientras satisfacen sus noches con la posible borrachera oculta en la flamencología. Desde Huelva hasta Almería. Alcurnia de andaluces pobres apuntan lo que en otros lugares no aguantarían. Los señoritos no siembran las tierras, por comodidad o por conveniencia sería, o para no gastar ni un Euro en tierras de alacrán y garrapatera sangre que sin hemorragia parasitaría. Viva la virtud vegetal en la gastronomía, como un cocinero bueno así lo haría, un hombre del pueblo ante su vida rota y su cansancio de día a día. Son hombres de tierra seca, altaneros y sin cobardía, son hombres que los endureció la vida. Hombres que dejaron su infancia tardía olvidada en la vejez de cara a la postrimería. Los señoritos abren sus plateadas pitilleras ante la reposada burguesía miran mujeres que de lucha y de rodillas friegan los suelos de la gran Andalucía. Mujeres y hombres con gallardía, andaluces con las manos endurecidas, van camino de la gran plegaria fruncida de nobleza, dignidad con simulacro y alevosía. Se sabe que todavía los que la tierra trabajan no es suya su mañana fría que nutren con vino, cazalla y tabaquería. Hombres duros como piedras, estirpe de hombres que conocieron la villanía de caciques y aristócratas con la infamia inclinada ante la hipocresía. Andaluces de tierras curtidas con el callo herido que se les abriría si no conocen empeño ni orgullo ni ningún dueño de una yegua fuerte de montería o una bodega sombría sin explotar a gente mandados por su tabernera señoría. Sábanas blancas, buena vajilla, mejor cubertería, son las cosas que en casa de pobres no existía. Echar yerbabuena en la sopa, el gazpacho de serranía y la alegría son cosas de las que respira mi Andalucía. Las mujeres son belleza que helarían las ansias morunas de la vida mía. Mujeres de mancebía que eclipsan el sol y la luna de toda la bella Andalucía.