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Capplannetta y el algoritmo como libre albedrío

No está tan mal eso de los algoritmos. Empiezas a escuchar un disco completo que acaba siendo una fuente infinita según el estilo que más te guste. Lo mío es el flamenco, y partiendo de esa base encuentro flamencos que ni sabía que existían. Lo mismo me da la raza, los instrumentos y recursos variados, y las letras de los temas, ya que no soy tiquismiquis. Empiezo escuchando a Porrina de Badajoz y me da un repaso por los Chunguitos, siguiendo por Azúcar Moreno, para acabar con Soleá Morente. Si yo contara haciéndoles un riguroso listado de la música de mi playlist seleccionada por el algoritmo no acababa ni en tres horas. Es tan rico el caudal, con estilos variados, y mezclas de músicas entre el jazz y el flamenco, entre el flamenco-pop, y lo que llaman rock andaluz, es una pasada. Resulta interminable tal empeño. El otro día empecé por escuchar a Kiko Veneno y acabé escuchando a Pitingo y después a Martirio y sus sevillanas que trasmiten tanta gracia que las agradecí, ya que me reía de lo que decía en las sevillanas. Aunque los caminos del algoritmo son imprevisibles. Pasas de escuchar desde a Martirio, después Amparo Sánchez, luego Manu Chao y acabas oyendo a Tonino Carotone. Los algoritmos son sin lugar a dudas un capricho que te lleva por caminos indefinidos. Me gusta esta era. Sin previsión ni conocimiento hemos creado una vida de certezas aunque sean imperfectas, y eso es lo que tienen de encanto dichos algoritmos. En cine ocurre un fenómeno parecido. Pero donde más se prodigan es en Amazon. También en las Redes Sociales. Este mundo es una especie de libertad que otorgamos al algoritmo como si éste fuera un humo que, a su caprichoso criterio, te trae temas que buscabas basándose en el perfil que tecnológicamente conocen. Es una maravilla. Me encuentro bien en esta era. Aunque ya no hay hogueras para enfermos mentales, judíos y brujas, hay una hoguera global. Es el algoritmo.