Capplannetta capicua

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Si buscas mi nombre en Google, el que consta en mi partida de nacimiento, el que consta también en mi partida bautismal, ahí encontrarás alojado en las entretelas a Capplannetta, y si buscando en Google buscas Capplannetta ahí conocerás más de mí, que yo de ti. Yo no pretendo saber cosas de la vecindad que conmigo convive, aunque mi vecindad sí sabe cosas sobre ese tipo raro (que soy yo) que es su vecino. Los vecinos antiguamente compartían, se relacionaban, se saludaban en las puertas y en los rellanos, también en los ascensores, en el parking, ahora no, ahora crean cierta psicosis como envoltorio de breves dosis de ansiedad. Sobre todo para mí que soy un poeta (con vuestro permiso me apropio del artesano nombre común) que pone adjetivos a los verbos y sustantivos a los pronombres y las preposiciones, conjugo verbos (a veces no con mucho acierto) y demás martingalas lingüísticas en pos de una afición que tiende más al realismo que al escapismo. Yo en mi escaparate de escritos, reflexiones u opiniones, donde me expongo en este alter ego que me inventé de niño para denominarme en mis juegos donde me soñaba jugando a un astronauta de espacios lunares donde mi madre sacaba el polvo a muebles y a rincones mientras tanto, yo, este inocente perseguidor de proezas espaciales, donde era cap y también cúa, me expongo, sí, aunque no es exhibicionismo, pero todo tiene una explicación o una firme coartada. No creo en la ficción, me asusta la sombra de la imaginación y la pretendo en su justa medida. Demasiada imaginación crea Napoleones que creen hacer revoluciones de clorhidrato de caramelo, también crea fantasmas con demasiada tendencia a aparecerse; aunque decir la verdad también los crea, ya que si te lee tu vecino y éste sabe más de ti, que tú de él, entonces entramos en un juego injusto y con una gran ventaja (frente a tu rival en la competencia y en la incompetencia) de la que se hace el dueño total el que te lee de tu vida privada que te hace vulnerable y criticado. Injustamente además, porque no toda la autoficción es real y no toda la realidad es única, cada poeta vive su propia realidad, como dijo Nietzsche. En fin, pero tengo que alegar que no en todos los campos soy cobarde, solamente soy cobarde en los estadios donde no conozco las reglas del juego.

Capplannetta y Nevando en la Guinea

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Nevando en la Guinea es una revista un tanto singular si la comparamos con otros medios culturales de no menos audiencia y credibilidad. Un mes de junio del año 2008 nació Nevando en la Guinea con muy poca experiencia yo (Capplannetta) y algo más Juan A. Herdi. Debido a que nuestra amistad, con mayor o menor frecuencia en encuentros, remonta desde el año 1999, que fue cuando yo iba a las tertulias de la Revista Catarsis, nos hemos visto las caras siempre cordialmente. Juan A. Herdi es un ratón de biblioteca (si se me permite la semejanza) debido a que acumula, regala, dispersa, propaga, y difunde literatura adonde quiera que va. Es una fuente idiomática y un erudito que encierra saberes variados. Tanto en la conversación como en la escritura se puede entrever toda la riqueza cultural que posee y nunca dejará de sorprenderte. En principio la revista que coordinamos juntos se publicaba cada semana. Después pasó a publicarse cada mes, y luego cada tres meses. Incluso llegamos a disfrutar de una web donde publicábamos vídeos, entrevistas, artículos y ensayos breves que íbamos agregándole. También llegamos a hacer radio por Internet en un programa con el mismo nombre que la revista. En el 2014 dejamos de publicar por crisis en temas de discrepancias, hay que aclarar que él trabajaba (cosa que sigue haciendo), y las ganas y la voluntad que entonces ponía no eran las mismas que los dos ponemos ahora al unísono, aunque esa es otra historia; la revista se publicaba en un PDF sin ninguna imagen ilustrativa y en negro sobre blanco, cosa simple, sí, por eso yo trato de justificar esa simpleza con que era más caterva que revista. Aunque llegamos a hacer entrevistas y la revista-caterva estaba bien vista en los ámbitos literarios, nos faltaba ilusión, ya que entramos en una rutina que nos llevó a tomar la decisión de dejarla. Nos perdimos la pista hasta mayo del 2018. Después retomamos de nuevo el proyecto que empezamos juntos, aunque ya más enfocados en una coordinación más ambiciosa, más experimentada y con muchas ganas. Le hablé del proyecto a mi amigo Juaníbal Reyes Umbría de la Agencia literaria del Sur y se ofreció para participar, entonces esa decisión cambiaría el sobrenombre de caterva y ya sí era una revista literaria digital.  Yo se lo conté a Juan A. Herdi y quedó encantado. Y esa es la historia en definitiva, ya que a partir de ahora cada número es mejor que el anterior, cada trimestre una ilusión nueva. Ahora la revista se diagrama y se edita en Venezuela, país que culturalmente está impartiendo su propia revolución paralelamente de la política. Nos vemos en la red.

Capplannetta contempla

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Para no entrar en una dinámica de tedio y de rutina las aplicaciones de computadoras y de dispositivos móviles están pensadas para cambiar constantemente, en cada actualización, en cada interfaz, en nuestra manera de usarlas. No nos dejan acostumbrarnos a una manera de interactuar para que éstas no nos cansen y así tenernos hiper-conectados de por vida. Nos acostumbramos a cómo manejar un dispositivo o un ordenador personal y cuando ya estás adaptado, te vienen con una actualización novedosa con alguna chuchería tecnológica (para atraernos haciéndola atractiva) y la actualizas y te cambian la forma en que ya te habías acostumbrado a su funcionamiento, para que tengas que empezar de cero y no caigas en rutinas. También está el tema de la obsolescencia programada. La obsolescencia es un invento de la primera revolución industrial, y a las puertas de esta cuarta revolución industrial (o revolución digital) no iba a ser menos que la obsolescencia programada hiciera acto de presencia en toda la martingala tecnológica a la que dedicamos ocio, cultura, costumbres, medicina, trabajo y descanso. Y la política no iba a ser menos. Todo tiene fecha de caducidad. Hasta el producto no-perecedero se diseña ahora para que deje de serlo. Vivimos tiempos difíciles aunque nos lo envuelven en una zona de confort que nos atomiza y nos aísla de todo aquello que puede revelarse. Salvo cuando estás enfermo psíquicamente y no tienes otra realidad que la de encadenarte a la tecnología. También los enfermos fisiológicos y con otras dolencias que afectan a los sentidos están siendo tratados con tecnología que con el tiempo se reemplazará por otra de mayores y mejores características. En fin, no quiero entrar en rutinas que cansen al lector.

Capplannetta se dirige a los espanta-moscas

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Yo no te culpo de tu agravio comparativo con olor a rancio, no te culpo de las nueve risas a mis espaldas, no te culpo de los siete pasos que me separan de tu mirada, no te culpo de que un sábado noche no tuvieras Coca-Cola en tu bar, no te culpo de tus ignorantes culpas que en mí arrojas, no te culpo de las maldiciones y de los vasos vacíos repletos de indiferencia ¿no tienes bastante con meter la lampa donde no te llaman? No te culpo de que me niegues, que me critiques, que me increpes, que me huyas, que me desprecies, que me acuses, pero el mío corazón, mi corazón sin nadie, mi corazón que no mira, mi corazón asustado, tambaleándose como un borrachito de silencios, arrullado por la nana de la hipocresía, menospreciado por la ceguera de la mayoría, ninguneado por la casposidad de los que buscan consuelo en un erial que fue jardín, mi corazoncito ¡qué pena me da ese animal con los ojos tapados! Ese mordisco de una boca mellada, ciertas dosis de locura se apiadan de mí corazón de niño, de niño, niño chiquito y sin caricias, sin besos y sin abrazos, solo estoy en esta tarima de miradas de sedienta distracción por disimulo, de víctima de una canción que ya conocen, de mi corazón que no se diga nada, chitón, que no se diga una mentira sin las doce verdades que la preceden, silencio, silencio, silencio.

el modesto patrimonio

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Murió éste de un infarto de miocardio y al morir estaba escribiendo en su tablet, murió sin tener descendencia, los familiares y la ambulancia lo encontraron muerto aunque con su tablet entre las manos. La tablet estaba recién cargada y desbloqueada, además de encendida. Una hermana de éste, una vez venido el juez y tras haberse llevado el cadáver el servicio funerario, pudo comprobar que a lo largo de su vida había comprado música, películas y e-Books a través de Internet, además de una extensa videoteca, biblioteca y CD’s de gran valor en formato físico. Ya que el apartamento donde residía el fallecido era de alquiler, en las cuentas no había dinero, pues éste vivía muy precariamente, y los dispositivos móviles estaban bloqueados y solamente se podían desbloquear a través de contraseña, solamente pudieron heredar de éste un smart tv ya viejo, y alguna cámara fotográfica, y su patrimonio intelectual. La hermana de éste se preguntaba ¿cómo tener acceso al patrimonio digital de su hermano fallecido si cuando acabara la batería de la tablet ya no podían visualizarlo? El patrimonio tenía una contraseña que desconocían, y la batería ya había llegado a su fin, la tablet se había apagado, y tampoco conocían la contraseña de desbloqueo. En el intervalo de tiempo que estuvo la tablet encendida pudo comprobar que el patrimonio de éste en sus dispositivos: cine, música y libros de todo tipo, y un largo etcétera en aplicaciones valiosas. Al cuñado de éste se le ocurrió contratar los servicios de un hacker, un hacker blanco. Buscaron y buscaron pero ese mundo era un mundo repleto de secretismo y temían que pudiesen éstos apropiarse del material. Por televisión vieron a un hacker blanco que daba consejos a cerca de la seguridad cibernética. Se pusieron en contacto con él, hecho que no les fue fácil, y le explicaron el problema. El hacker blanco les dijo que sí podía recuperar todo el patrimonio digital del fallecido pero este trabajo requería discreción y una buena cantidad de dinero que cuñado y hermana no estaban dispuestos a pagar, así que se negaron. Con los datos y la información que le dieron los familiares y las maneras de conseguir contraseñas y datos ajenos que el hacker blanco tenía se puso a indagar en la información que el fallecido poseía. Descubrió muchas cosas interesantes: su afición por la literatura, donde solía comprar e-books por Internet, consiguió datos de acceso a cuentas de cinematografía online, consiguió su música adquirida en la cuenta de Spotify, y mucha obra de éste escrita a través de la tablet. Se calló, silenció su gran descubrimiento cibernético, cosa rara en un hacker blanco, ya que era creyente del acceso universal a la información y gran activista del software libre. Ya que como la familia de éste se negó a pagar por el acceso al patrimonio digital de su hermano, decidió quedarse él con tan rico patrimonio digital, y leyendo la obra literaria comprobó el hacker blanco que era un tipo interesante el fallecido. Decidió no decir nada y quedarse él con ese patrimonio ya que esa información era algo valiosa, y no lo compartió ya que todos lo consideraban como un modesto patrimonio sin importancia. A carcajadas reía el hacker blanco: ignorantes, pensó, buitres de la propiedad privada, no es así cómo se debe tener respeto por una información de un ser supuestamente querido.

Capplannetta y los suelos brillantes

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Recuerdo, cuando era niño e iba de visita a la casa de ciertos familiares,  siempre antes de entrar al apartamento, te ofrecían unos trapos secos para ponértelos debajo de los pies y andar por todo el piso arrastrando los pies, ya que le habían dado cera al suelo. Eran unos suelos brillantes y relucientes, y arrastrando los pies por aquellos suelos llevando los trapos debajo de los pies parecíamos ser una especie de patinadores torpes, todos y cada uno con un trapo debajo de cada pie. Qué suelos más brillantes, recuerdo el olor a café de las tardes de domingo y esos suelos relucientes donde andar con los zapatos era pecado. Un pecado descartado de cualquier mandamiento divino. En esta familia mía son todos muy limpios. Mi madre por ejemplo, limpia el suelo y limpia el polvo de los muebles cada día de su vida. ¿Para qué tanta limpieza? Son los 60m2 más limpios de todo el vecindario, mujeres esclavas de un suelo brillante, mujeres atadas a sus maridos, hijos y nietos, luego hay que cocinar, hacer la colada, trabajar de ama de casa es más cansado que otros trabajos, siempre para mujeres la tarea, sin duda es un trabajo de superhéroes. ¿Qué se puede esperar de una sociedad patriarcal? Solamente me queda esperar un homenaje para esas mujeres de lucha diaria que no desfallecen jamás.

Capplannetta outsider

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Llevo ya años sintiéndome al margen de la gente “normal”. ¿Y qué es ser normal? Ser normal para mí es estar en una élite de gente que hacen fiestas y se relacionan entre sí, hacen parejas entre la misma pandilla de amistades, comparten equipo de fútbol y comparten ropa de marca, música preferida, van a la misma universidad aunque hagan distinta carrera, se divierten mientras que se exponen en las redes sociales, se ríen de las mismas tonterías, a éstos no les importa reírse del más débil con tal de pertenecer al rebaño de carácter socialmente aceptable, tienen coches donde no permiten que nadie fume, celebran San Valentín, van a bodas donde luego bailan con música comercial, se van de cena y comen hamburguesas gigantes, no sé, gente aparentemente feliz. Yo no siempre he estado condenado al ostracismo, aunque no viajo, no voy a fiestas, no voy al cine, no salgo, no tengo relaciones sociales, yo sé lo que es divertirse sin ninguna sustancia y con poco dinero. Pero estas personas contemplan el mismo acicate (si se me permite el término) elitista donde la gente como yo, un outsider en una casa de cristal, solamente tiene acceso a un tipo de gente como él o que están en proceso de toxicidad. No es que los envidie, siento una leve frustración debido a que ahora el atropello que está en boga es el de la felicidad, siempre artificial y desprovista de humanidad, consumista y cargada ésta de estereotipos vacíos de magma intelectual, impuesta y casi imposible, mezquina y cruel, donde se estigmatiza al enfermo psíquico. No me considero loser (perdedor), aunque pueda parecerlo, no estoy alcoholizado, no tomo drogas, soy creativo, soy tolerante, puede parecer presuntuoso pero lo contrario al término loser no me engatusa ni me fascina como al resto de grandes ganadores que viven en una burbuja y acaban siendo juguetes rotos de la sociedad, mirlo blanco-cisne negro. La felicidad de ahora es tener, comprar, la propiedad privada, es vivir en sociedad, tomar algo en las terrazas al aire libre, viajar de vez en cuando, salir en veladas de música de orquesta, participar en las fiestas populares, que te envidien, sea como sea, no les importa los que nos quedamos sin recreo todo el año y vemos pasar el coche del general a toda velocidad por el pueblo de Comala, aludiendo al cine del gran Berlanga y su film Bienvenido Mister Marshall,  y también a la novela del escritor Juan Rulfo y a su Pedro Páramo. Los outsiders de ahora viven una vida de misantropía, si ya la estrategia de la clase política y las grandes corporaciones es alienarnos más, atomizarnos a cada cual en su (des)medida, en el caso del outsider la soledad es doblemente asfixiante, se nos atribuye el adjetivo de tóxicos pero yo creo que la toxicidad de las personas no es atribuible a su carácter o a su razón de ser, muchas veces la provocan aquellos que viven una vida de felicidad a costa de la piedra que lleva arrastrando ese outsider. Y con esto que estoy diciendo, aunque es algo que ya he reiterado en otros Post anteriores a este, insisto en lo vulnerables que nos hace el fantasma del derecho a la felicidad absoluta. Dejemos que el tiempo o el azar nos introduzca en el camino y busquemos la paz de los cementerios en nuestros corazones, ya que (para que sirva de consuelo) allá en los cementerios todos estaremos en la misma clase social, y todos, anónimos o ilustres, criaremos malvas y el mañana será ese, ese porvenir que nos ha de llegar lo queramos o no, porque la vida se acaba y no quiero repetirme, quiero leer mucho, escribir lo suficiente, divertirme en cada cosa que haga, prefiero hacer el amor antes que tener sexo por sexo, vivir en paz solo o en compañía, tener amigos, tener ideales, oír música buena, ver cine bueno, y un sinfín de cosas que puedo realizar sin necesidad de una felicidad prefabricada.