Sucumbir al naufragio

Los dos hemos sucumbido al naufragio, y tragando agua salada buscamos un pedazo de tierra para respirar la vida. No es lo mismo tener sed, que vivir con sed. A veces la sed es eterna. Al igual que no es lo mismo morir con hambre, que morir de hambre. Que les pregunten a las madres que se hacen las sordas mientras sus hijos le exigen algo que echarse a la boca, o que le pregunten a la madre que hace caldo tóxico, totalmente tóxico con el cuero de una silla. Sucumbir al naufragio no tiene nada que ver con el hambre, pero sí con la eterna sed. Cuando la boca seca lamenta la rugosa textura de la lengua. Como lengua de gato. Como lija de violento tacto. Sucumbir al naufragio es mudarte a donde te lleve el mar indómito. Yo no quiero morir de hambre, ni quiero vivir con sed, ando esperando el milagro, que me haga hombre como debe ser un hombre. Concreto, sereno de luna y completo. Cuando el hambre aprieta se muda el sueño y dormir no puedes. Porque es más fácil morir ya muerto antes que vivir completamente muerto. Sucumbir al naufragio. Los ahogados ya no son azules, los ahogados han tragado el agua con sal a la que parecido tiene a comer sopa con el único ingrediente que la sal imagina ni tan lejos ni tan cerca. Sucumbir al naufragio es dejarte llevar por la asfixia. Por la derrota de los cegados del agua yodada. que escuece en los ojos. Que se sugiere sola de ácida presencia de lágrima que brota salada con el sabor entre salitre y brea. Entre los sueños vespertinos que no son sueños ni física aparente.