Contraste de recuerdos

Los recuerdos de mi madre y de mi padre cuando era niño no son los mismos de ahora. Antes recordaba mi madre fragancias de inocencia paridas desde mi garganta. Recordaba la bonita infancia donde era fácil decirme mentiras piadosas por mi bien, ahora todo ha cambiado. La verdad es que las mentiras tienen las patas muy largas desde la niñez a la adolescencia. Recuerdo cuando mi madre me daba habas. Recuerdo el fin de mis amígdalas. También el temor a una posible enfermedad debido a mi anemia alarmante. Cuando mi madre tenía treinta seis años, qué maravilla. Bellos recuerdos que se pierden como una tormenta disipada por el viento. Recuerdo el vino quina que me daban para despertarme el apetito.

Ahora todo es diferente. Ese niño se ha hecho hombre, y ese hombre ya no es el mismo. Recuerdo cuando mi madre me compraba pastelitos de Tarzan, y Phoskitos. Recuerdo la lechera de lata camino de la lechería. Ahora ya no me va a buscar a las cabañas en las afueras. Pero me sigue buscando por los rincones adormecidos por los sueños de su casa. Mira mi foto. Y no me encuentra. La verdad, es que ya no me encuentra nadie. Todo se ha evaporado. Como el disolvente o como la gasolina. Yo nunca he sido malo. Ni travieso. Pero el tiempo de ahora me ha hecho desconfiado y no me fío de nada ni de nadie. Contrastados recuerdos. Pasar de un lugar a otro del alma. No, ya soy recuerdo solo para mi madre. El número próximo de Nevando en la Guinea se lo voy a dedicar a ella y a todos los padres de poetas o escritores. Porque me apetece hacerlo. Es inútil satisfacer a todo el mundo, pero más fácil es alegrar a unos cuantos.

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