Vulnerable todavía

Sabes mis secretos porque los esperas. Conoces mis argumentos porque los has vivido en otras personas, que como yo, redundaron en la misma piedra en la que todos tropiezan. Resististé al fugaz elemento de las contradicciones porque dabas por hecho todas las certezas. Te guarecías tras mi inocencia porque los capítulos de la vida no se pueden eludir bajo ningún concepto. Te hacías llamar erudito porque te venía grande la chaqueta del silencio en los ecos. No me esperabas, pero me intuías, no me intuías, pero aguardabas, no me aguardabas pero sabías el final de todo esto. No quiero ser yermo espectáculo de risas y burlas, sin embargo, lo he sido tantas veces que ya no me asombra nada. No quiero prescindir de mi paz, y he temblado de miedo en los umbrales de los portales, pero todavía te espero como un tonto en la ignorancia ciega de las latitudes extremas. Sé que eres mejor que yo, no me digas que nadie es peor que nadie, eres una esperanza que tengo en mi suspiro, pero a veces he sido el rey mendigo del mundo y no me preocupó serlo. Tengo latidos que hago canción para que me digas este significado de esta melodía. No quiero pensar demasiado en la gran verdad del mundo pero he visto las entrañas de este planeta en tu mirada de asombro. He sido digno de temores, he sido víctima de sin sabores, y he sido pesada presencia en el letargo del lánguido pasadizo. Pero no conozco nada más que lo que me han cantado las canciones en una llamarada de escalofrío. Soy haragán, pero todavía guardo limpieza en la pureza de mis esperanzas que no quiero perder. No soy traicionero pero he sido traicionado por el desorden natural del universo. No creo en nadie, pero a los que quiero sólo están de vuelta a casa.

Quisiera ayudarte

Quisiera ayudarte como el que te salva de un abismo irremediable. Ayudarte en la paz y en la guerra, en la invasión de prejuicios que te mortifican la sangre. Quisiera ayudarte porque mereces ayuda de la que yo te puedo ofrecer, y si te la diera sería un hombre completo. Quisiera evaporar como gases los malentendidos y los escarnios que no nos hacen bien a nadie. Quisiera poder mirarte con la quietud tranquila de un árbol imponente y hermoso. Ayudarte lleno de alegría, que mi alegría te ayudase y ser hermanos que se abrazan en el reencuentro y omitir el recuerdo oscuro del frío oprobio y de la palabra maltrecha. Ser coherente, pertinaz y darte mi mano en la derrota, en el duelo y en la flor marchitada. Que las ilusiones nos renazcan como semillas repletas de efervescente felicidad amarradas a las cinturas de nuestros sueños. Ser por ejemplo, un amigo que te entrega el alma sin reproche ni vanidad, ser por ejemplo, enemigo del silencio sucio de lamento y negritud de las cosas que duelen. Quisiera ayudarte, al menos, en algún momento que lo necesites. Ser una mano que se entrega a tu paso y, recíproca de cariño, volvernos a mirar con inocente preludio de las cosas que valen la pena. Ayudarte de por vida. Sin interés económico, sin interés material, sin argucia, con la lástima de una compasión de lágrima azul y fresca de juventud. Quisiera poder ayudarte porque en el horizonte el cielo y el mar se aman. Porque las noches y los días no deberían ser más miedo para los restos de la vida. Pienso que así debe ser la verdadera ayuda. La que proviene De Dios, y que redime de verdadera calor triunfante de un clima templado. Quisiera ayudarte. Tú también a mí.