Capplannetta y el Show de Truman

Muchas veces me he sentido como Jim Carrey en El Show de Truman. Todo un mundo desplegado realista y a la vez embustero de mi vida cotidiana. Las cámaras, el decorado tan real, con una mujer escogida por mí aunque es una actriz que finge un papel, un Big Brother en tamaño macro. Amigos que aparecen y desaparecen como con un horario que cumplir. La infancia de Truman, tan disimuladamente libre, tan ingenuamente por mi padre y mi madre confusos con mi persona. Con límites, pero siempre con las ganas de huir de la ciudad, de la macro ciudad que es un decorado pensado al milímetro. El encuentro con su padre parecido al reencuentro con el mío. Las cagadas debidas a errores técnicos. Una madre a la que ves de vez en cuando, y siempre en este apartamento de cristal transparente. Llega el momento que Truman y Capplannetta descubren la gran verdad de sus vidas, y al mismo tiempo, la mentira que vive sin saber que es protagonista de un show. Aunque lo descubre e inteligentemente se escapa, desaparece. Fiestas, aficiones, pagas extraordinarias, toda una especie de puesta en escena en la que cada uno interpreta su papel a la perfección. Porque Truman no es idiota, aunque al principio resulte ingenuo. Emociona al público, firtrea con otras mujeres, lee, escucha la radio, y lleva una vida aparentemente real. Pero es ficción. Un Reality Show a lo inmenso. No quiero seguir porque no quiero hacer de spoiler, pero Truman vive una vida cargada de aventuras y emociones hasta que… bueno, ocurre lo que tiene que pasar. Al final lo descubre. Descubre toda la pantomima urdida para su teleespectáculo. Aunque mi vida es demasiado real, tan real como algo a lo que estaba preparado y destinado.