Capplannetta vulnerable

He llegado a un punto de mi vida en el que reparo en lo vulnerable que soy. Siento que el mundo camina en otra dirección y yo voy a la contra. No quiere decir esto que sea un inadaptado pero sí sé que dependo de los demás, y muchas veces me siento contrariado. Mi estado de ánimo sube y baja como un yoyó y tras mi ceguera metafísica encuentro en la soledad un verdadero deleite que sólo se ve satisfecho con la lectura, ya que me distrae y me evade, y naturalmente, la escritura. Que tanto me consuela y a la que he entregado mi vida para convertirme en esclavo de las palabras. Me busco y no me encuentro. Mi enfermedad parte del ser o no ser, del estereotipo interior al que no puedo evitar aunque lo intente con medicación y encerrado en una casa de cristal. No, no me quejo por capricho. Cuando leo, escribo y escucho música; soy libre de mí mismo. Mi vulnerabilidad comienza donde mis semejantes acuden a la plenitud como moscas a la miel de las abejas, y algún avispón cruel destruye por entero el panal asesinando gratuitamente mi razón vulnerable.

Estoy enfermo de vocabularios diversos, de acentos y jergas que habitan en mi persona. Ya que todos tenemos un pasado y el mío, tan sólo en el recuerdo, me hace también vulnerable. No, no tengo miedo de mi casa de cristal, tengo miedo de utilizar las palabras como armas arrojadizas y pendencieras. Trato con una paz que se ve sometida a un dictamen de la conciencia y la asociación de ideas que lamento, y de las cuales, yo soy el único que las hace contrariedad. Quiero escapar de la ciudad, quiero huir de esta vulnerabilidad que me colma de existencia atormentada. No suelo pretender dar pena, aunque tampoco sé tener conmiseración con los demás. No puedo dar consuelo. Mis padres me dieron una educación de pensamiento libre y ellos no son culpables de mi desasociación de pensamientos que son los que me hacen vulnerable, a la vez que solitario.

Busco la música de la risa sana. Busco estar sosegado en todo momento. Hace tiempo ya que dejé las drogas, sin embargo, ya no las necesito. Al igual que los demás tienen una conmiseración natural, yo también la quiero para mí mismo. Dejar de molestar, para no ser vulnerable ni frágil. Y poder caminar, no como un hombre atado a las palabras, sino a silbar en mi pensamiento.