Capplannetta no vende humo

El trabajo estaba ya concluido, le había dedicado mucho tiempo a sus trabajos. Cuando ya parecía que iba ser el poemario definitivo, asaltaba en él otra duda surgida de este mundo incógnito. Era, sin duda, un poeta que no vendía. A pesar de sus intentos: colaboraciones en revistas elitistas, poemas enviados con la esperanza herida. Ya no le ilusionaba esta vida de poeta. Abrirse camino entre tanto poeta, entre tantos tecnicismos que lo catapultaban como fuera de toda vanguardia. Él mandaba a revistas culturales y no le hacían caso. Otro poetastro. Pensaba él que dirían los suplementos. Él, al contrario, no negaba una reseña. Le gustaba ilusionar a las personas que lo merecían. Y les entregaba un ramillete de halagos que eran ciertos, pero él siempre fue un muchacho sin recreo. Negativas de editoriales, negativas de autores y el epicentro de la intelectualidad, la vanidad y el elitismo. Él no encajaba en ninguna de esas vertientes. El problema era que alrededor de él sobrevolaba la sombra de Caín. Veía a escritores de menos edad que él darse baños de multitudes, empachos de halagos, decidió no pensar más en el tema. Algunos de sus amigos sí apreciaban su poesía. Llamaba por teléfono a editoriales, a librerías, a plataformas culturales. Pero como siempre se quedaba sin recreo. Pero su perseverancia lo hicieron más fuerte, quizá que fuese el único que creía en su talento despreciado. Su familia y conocidos no eran aficionados a la lectura. Eso le convertía en perdedor intelectual. Pero por otro lado le gustaba que no leyeran sus libros. En ellos contaba cosas abominables. Contaba cosas acerca de momentos que había vivido en su adolescencia. Él era tal vez el único que creía en lo que hacía. Aunque no se daba ínfulas de intelectual todoterreno.