Capplannetta reniega de la misantropía

Sus amigos le daban consejos. Sal y diviértete. Eres joven para estar solo. No te encierres entre cuatro paredes o te volverás loco. Y Capplannetta decía a todos que sí. Que jamás sería misántropo. Ni un hikikomori. Tampoco misógino, mucho menos homófobo. Él quería gustar a todo el mundo, y eso es una jilipollez. No se puede gustar a todo el mundo. Y más si eres un hombre de ideas fijas, aunque las ideas fijas parezcan una locura, él las tenía. No es que fuese impertinente, pero a él lo que le gustaba era tener la conciencia tranquila. Y eso no es malo. Digamos que es una virtud poco frecuente en este mundo. Aunque se puede vivir con la conciencia tranquila siendo un hijo de puta, aunque su madre sea una santa. Pero hoy en día un hombre de principios está infravalorado. Lo mejor es hacer el bien y no mirar a quien. Algunos se corrompen con esta máxima. Pero hacer el bien y no ser rencoroso siempre gustará a las personas buenas. Hay misántropos que son, bueno, mejor decir no son, porque como no se relacionan nadie sabe como son. Aunque hay mucha gente que echa la llave y se aísla del mundo. Se atomizan. No hay culpables, solamente hay una diversidad que nos hace distintos, y eso es lo maravilloso de todo este meandro. Porque vacunarse contra el mundo encerrándose es lo que los amigos de Capplannetta no quieren. Pero ¿lo hace por enfermedad o a modo de supervivencia? Los amigos insisten. Sal, diviértete, hazte el socarrón con según qué personajes y quédate con los amigos que valen. Aunque te tragues tu propia mierda, pero siempre es mejor eso a permanecer aislado del mundo. Y no sólo eso, sino que eres joven todavía.

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