Capplannetta y el microprocesador

Ando parajes de estaño frío y microprocesadores con el alma rota, me escondo tras turbinas eclipsadas por la opacidad del silencio electrónico; busco y encuentro códigos HTML entre los copia-pegas adormecidos que viven y tantean entre las imágenes. Libros de mixturas y códigos JavaScript con el corazón programado como un soneto de Shakespeare. El hombre va camino del cúbit, pegatinas sueño, y mientras tanto me quedo quieto como un tatuaje que respira a 220 V. Hubo una vez un Dios llamado mercado que respondía al cómputo del algoritmo. Miles de ríos de tinta electrónica fluyen por las auroras tímidas de la soledad, aunque el mundo sea más pequeño, también es grande la distancia que nos separa. El desarrollador escupe sobre las Fake News, y ya no caben hemisferios en esta Pangea que es el mundo. La ley del microprocesador es la ley de la velocidad azul. Un niño neonato está en vigilia mientras que los algoritmos tienen esclavizados a sus padres, sus padres compran chuches y cositas como caprichos de toda clase. La postverdad nos duele más que la mentira. Intuyo tragedias para los emperadores del Dow Jones. El afrofuturismo está llegando a subrayar que how black is beautiful. Me encanta esta era.