Capplannetta atormentado

Se me cayó el alma al suelo cuando aquel doctor dijo de mí que era un ser atormentado. Y tenía razón. Por aquel entonces era una persona malogradamente insustancial. Los pudores cayeron desde que supe lo que aquel hombre pensaba, pensé en decirle, o aproximarle aún más a la verdad. Decidí ser bestialmente sincero, y no es que exagerara, tan sólo trataba de que él encontrara la pauta precisa a la que entregarme. Lo entendió a la perfección y me aumentó la dosis. Y es que no hay mayor enfermo que el que no quiere curarse, aunque la curación sea del todo artificial. Al principio pensé en ralentizar la velocidad de mis pensamientos, aunque tampoco quería parecer sedado. Y funcionó. Sí, funcionó bien y eso equilibró mi pensamiento respecto a mis miedos y mis paranoias. Lo que sí saqué de enseñanza de todo esto es que, caminar de manera vehemente es como pisar la cola del tigre, y digo esto, ya que andar velozmente por el mundo me ha causado ciertos vértigos unidos estos a tremendas dosis de adrenalina, pues para mí era como enfrentarse a un abismo. Y es que la pasión y la altura de miras se ven mejor desde la sosegada idea. El miedo se combate enfrentándote a él. Si tienes miedo desde la ignorancia no es el mismo miedo tras haberlo comprobado en sí mismo. Es así. Fue entonces cuando empecé a escribir Poemas de asfalto y velocidad, al controlar la velocidad de mis impulsos supe desde el primer momento que estaba en el camino de la estabilización. Es eso en definitiva, también la predisposición, la sugestión propia de un animal es la que nos separa del condicionamiento racional, y por mucho que te sugestiones si tienes el mapa del laberinto saldrás realmente airoso. 

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