Capplannetta and the autumn leaves

Que me venga a buscar el sol en estos momentos en que tanto lo echo de menos, ya que si no viene tendré que inventarme un amigo imaginario para que este cielo de otoño no se lleve mis penas como un ladronzuelo de pacotilla. El cielo de otoño es un océano que nadie quiere cruzar, la tarde es pequeña como un bebé sin dientes, y las hojas ocres provocan incendios allá en las plazas públicas. Pobre de los barrenderos que las quitan de en medio como un estorbo inútil de lo que somos antes del invierno. En el otoño huele a libros secos tras mojarse, huele a fragancias de leña y un humo espeso explica la verdosa culpa del musgo seco. Yo no quiero morir en otoño, pero vendrá la parca seguro y me querrá hacer un traje de pino, pero yo diré que no, que entierren mis cenizas ante una arboleda, para que pueda sentir pájaros cantando en el silencio de la muerte. Hubo una vez un hombre que murió en otoño, y no quisieron los sauces hacer un simulacro de desgracia, reproche que le dieron los alcornoques y se inflaron de cortezas dispuestas para el vino, ese vino que beberé en otoño, para desquitarme el gris lamento de los días opacos. Me encargaré yo mismo de expulsar al otoño y al invierno con música de cantares sin públicos, sólo estarán mis ojos mirando a la melancolía de los vientos iracundos, me absorberá una gota de tu recuerdo, que yo haré canción rimada, y las pastillas que ansiaba tomar en mi niñez no sean ahora rutina por la que escapar de libertades borrachas que odian los taberneros de la siega del tocino, ellos como malditos cielos de otoño, me avisarán de aquellas tantas veces que estuve tan muerto, la piel será fruta podrida.