Capplannetta perdido

Hubo un tiempo, allá por los años 1994-1998, que anduve perdido. Fracasé sentimentalmente y mi corazón estaba inmerso en una oscuridad que nadie entendía. Me metía en líos, en peleas y anduve en las adicciones. Mi corazón estaba perdido, andaba como un loco intentando hacer equilibrismo como un funambulista, andaba haciendo equilibrios con una cuerda y sin red, debajo de mí el abismo. Recuerdo que a un amigo mío le dimos una botella de anís, y él, ni corto ni perezoso, se la bebió copa a copa. El anís es una bebida dulce aunque un tanto traicionera, a mayor cantidad ingerida más enérgico resulta su efecto embriagador. Cogió un coma etílico y tuvo que venir la ambulancia a por él, tuvimos que avisar al padre del estado de su hijo, y fue él el que le acompañó en la ambulancia camino al hospital. Recuerdo que lloraba y maldecía dándole al hijo zarandeos y levantaba su puño como para rematarlo. Con el tiempo vino el chico a mí con su pareja y me propuso que si me acostaba con su chica me daba 40.000 pesetas (240€) que fue el dinero que se había gastado él en prostitutas. Yo me negué rotundamente. No soy esa clase de hombres, tengo principios. Con el tiempo me enteré de que había bajado a Andalucía con su padre y no supe nada más acerca de su paradero. A mí me daban por aquella época unas gotas para no ingerir alcohol, unas gotas muy peligrosas, COLME se llamaban. A veces me bebía una simple cerveza y me ponía rojo como un tomate y malísimo. Las gotas me las daban por los líos en que me metía, y por las borracheras tan malas; con cualquiera me peleaba. Mi única válvula de escape era el cine, llegué a ver mucho cine en VHS, hasta que un año me fui al pueblo natal de mi padre y me reencontré con la lectura, cosa que no hacía desde el colegio. Me seguía metiendo en líos, fueron cuatro años de alcohol, peleas y empecé a escribir. A veces escribía borracho, todavía conservo los cuadernos. Llevo veinticinco años amarrado a las palabras. Digamos que lo hago con tanta soltura ahora que no sé hacer otra cosa. El otro día me enteré de que aquel amigo que se zampó la botella de anís y agarró un tremendo coma etílico, ese chico, joven, inteligente, aunque vicioso, pero muy buena gente. Ese chaval murió de una sobredosis de cocaína, al parecer se inyectaba la cocaína en la yugular. Da escalofríos tan sólo con pensarlo. Ahora me pregunto por la reacción del padre. Lloraría y lo zarandearía como en aquella ocasión perdida, como yo tantas veces me perdí, en el recuerdo más oscuro que pudiera imaginar, en la taberna más sucia y más fantástica. Aquel chaval que hizo conmigo una película, película que la guardo en casa. Una película mala. Aunque dentro de todo lo malo que hicimos salió ese fruto. Un fruto podrido. 

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