Capplannetta y la alegría

El agua de la alegría es plena en las familias buenas y un chapoteo de un niño Dios con hierbabuena en la sopa. Poliéster, franela entre las costuras de un camisón, donde frecuentan la risa de las pequeñas dichas en la sombra del bosque azul donde canta el rossinyol, la mañana respira de sol a viva voz, de sol que hace girar a la tierra, y el firmamento es la paz preñada de luz y crisol. El agua es rumor de alegría descubierta en el jardín con rocío donde embelesa la flor, la alegría es una paella los domingos, es una siesta al mediodía, la alegría se  resuelve entre las cosas sencillas, una candela con patatas y chicharrón, son como pelusa que crece en la vida de alegría de lo grande del corazón, y el papel de colores mudo en el anfibio tornasol, la alegría es la libertad grande del cimarrón, cándida luz de niños que despiertan, si estás acostumbrada que se queden sin corazón hombres como yo; la alegría es una secreta delicia en las entrañas del mundo interior, es un cielo en la noche esbelta donde el grillo en su son llama a la hembra tocando el violón. La naturaleza baila la canción de la vida y la culmina de amor en acción, cuando animales y hombres alimentan la historia inmensa del amor, amor, amor sin cuestión, esa es la alegría perfecta de entre guasas de muchachas risueñas, y hembras con un pícaro picaflor. Es la alegría perfecta del que vive y también del vividor. Es la alegría que despierta amplia como una boca que encuentra la verdad del pescador. Es la alegría dispuesta de par en par como dos zapatillas al pie de la cama y del colchón, la gran verdad de la vida es la alegría. Y el que no sueña no tendrá alegría, alegría es comer, beber, dormir, gemir, gozar. La alegría es vivir, emocionarse, sentir, ver, palpar, la alegría es una repetida canción. 

Capplannetta y el castigo

Cuando era adolescente y llegaba tarde a casa mi madre me dejaba en la escalera del rellano como castigo, o sí venía tarde mucho antes que mi padre saliera del trabajo me dejaba en la escalera hasta que él me viera y me diera una paliza. Recuerdo las palizas de mi madre, aunque mucho más las que me daba mi padre, me estremecían hasta el sistema nervioso y me daban calambres en las piernas, me pegaba muy fuerte en la cabeza. También cuando me ponía con él a repasar las cuentas me gritaba, me decía: -¿cómo te ponen de deberes divisiones si no sabes ni multiplicar? Y yo no se lo he dicho nunca, pero yo no quería saber dividir, yo lo que quería es jugar a cosmonauta con mi casco de ciclista y soñar. Mi padre me gritaba (repito) y se desquiciaba explicándome las divisiones, pero yo no le hacía ni caso, había calculadoras y a mí no me gustaba pensar en cifras, yo lo que deseaba es que se bebiera el café y se fuera a la fábrica hasta las diez y media de la noche, ahora lo veo y siento pena, porque ahora soy yo el que le enseña cosas de informática. Mi padre es un buen hombre, antes se cabreaba más conmigo, ahora es un anciano aunque no lo aparenta. Si viviera conmigo le enseñaría todo lo que sé sobre ordenadores, no es gran cosa, pero ahora soy yo el que le grita, cuando me trae víveres a mi casa y me pregunta algo trato de explicarle y le digo: -No papá, esto no es así, el sistema operativo no es el programa ni la aplicación, el sistema operativo es todo el software general que se debe actualizar. Todo esto que acabo de decir se le crea un galimatías y el pobre se hace un lío, y me veo a mí mismo aprendiendo a dividir y dándome voces, y a veces se me escapa una cachetada y me dan calambres en las piernas, pero no, siento una gran ternura, y lo acaricio, y le digo: -Gracias papá, por regalarme tu tiempo para que no aprendiera a dividir. Lo siento.