comer con las manos

El señor Jorge estaba siempre que sí los socialistas, que hay que hacer la revolución, que aborrecía  a Stalin, y prefería a Trotsky, aunque eso lo decía ahora, ahora que el telón de acero había sucumbido, al igual que la URSS, y toda la mandanga. Y me preguntaba: -¿tú que eres, de izquierdas o de derechas? Yo le contesté: – que le digo que yo soy apolítico, no creo en la política. Y el contestó: -Pues eso está mal, la juventud debe tener ideales por los que luchar. Llegamos al destino y le ayudé a llevar los tablones, pues pesaban mucho y el hombre estaba ya mayor. Mientras tanto me iba diciendo: -venga ánimo, que te voy a llevar a un sitio a comer pollo a la brasa, buenísimo. Yo le contesté: -¿A comer pollo a la brasa me va a llevar? Yo creía que íbamos al Ritz. Él se reía y me decía: – Esta juventud sin ideales, al Ritz nada menos, ¿crees que soy millonario? Y yo le afirmé: -Tiene usted más dinero que los zares de Rusia. Y él riendo y cansado me dijo: -A esos de nada les sirvió el dinero, las joyas y las riquezas, y mira cómo acabaron. Acabamos de meter los tablones y me dijo: -Venga, vamos a la pollería, yo te invito.

Al llegar al restaurante había poca gente, pero todos con pollo a la brasa en sus platos. Nos sentamos en una mesa para dos y pedimos pollo a la brasa con patatas fritas. Me fui a lavarme las manos, ya que las tenía ásperas de haber tocado los tablones de la obra. El señor Jorge también se dispuso a lavarse las manos, el lavabo era pequeño, apenas cabíamos los dos para lavarnos, cuando llegamos a la mesa ya estaba el pollo servido con sus patatas fritas, pedimos para beber Fanta de naranja. Estábamos comiendo y yo le dije: -para mí la pechuga, y el dijo: -Bien, pues para mí el muslo, yo no hago distingos. Nos pusimos manos a la obra, y digo manos a la obra porque yo comí con las manos, el señor Jorge utilizaba tenedor y cuchillo. Todo el restaurante nos miraban sorprendidos, y yo le dije al personal con un tono alto de voz: -Nada me gusta más que comer con las manos. Miré al señor Jorge y me hacía ademanes de desaprobación. Mientras yo iba dejando puros huesos del pollo, el señor Jorge tenía una carnicería que le insinué: -Menuda carnicería, como esa ni las de Napoleón. El señor Jorge se mantuvo avergonzado y rojo de la vergüenza que estaba pasando conmigo. Acabamos de comer el pollo a la brasa y no pedimos ni café, nos fuimos enseguida. Cuando lo dejé en la puerta de la casa donde él vivía me dijo: -Menudo impresentable estás hecho. Y yo le repliqué: -Es que se me olvidaba que era usted aristócrata. Y el señor Jorge se fue muy disgustado, tan disgustado que no me llamó nunca más para ningún porte. Y ahora me arrepiento, no se puede ser ni déspota ni prepotente ni impertinente. El señor Jorge no es malo, ahora que lo pienso: -¿qué será del señor Jorge y su retranca comunista? Espero que esté bien, sólo eso.

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