3er número de la revista Nevando en la Guinea.pdf

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Capplannetta oyendo Four women

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Estoy oyendo Four women de Nina Simone y como persona de raza blanca me deja un hálito de sentencia y tirón de orejas, con razón de veras, tan solo por el hecho de ser “caucásico” de raza blanca, aunque no creo de ser de pura raza, creo tener en mis carnes más mezclas que un cocktail mixturado con el dios de la media noche. Yo no nací en tiempos de esclavitud, la esclavitud de hoy en día es diferente (no quiero taladrar con la repetida canción donde van todos los taladros a agujerear la misma cosa irremediable), pero el tema emociona y hace justicia aún en los tiempos que corren, aún no sabiendo mucho inglés (como es mi caso), una composición poética o musical, incluso si es un cuadro, cuando es puro/a marca una raya en el agua, como diría el poeta. Cuando tenemos delante a la razón desnuda soplándote en la oreja no hay simulacro alguno de escapismo hacia el misterioso lugar o de fuga preferiblemente hacia atrás, es como cuando estamos ante la obra de arte por antonomasia la verdad se hace espejo de un certero “entonces era eso”, y sólo nos queda mandarlo a fundir en un metal noble y hacerlo testimonio de esa verdad inamovible, de esa verdad tajante, de esa verdad sentenciadora. Hay muchísimos músicos que nos enseñan esas verdades, esas grandes verdades que viven en la tierra con nosotros, que viven bajo el reloj de mármol tatuado en la ciudad del mundo. Es inevitable caer en el subyugador momento de emoción ante una obra de arte que nos mueve las entretelas de las entrañas, nos las remueve y nos las hace evidencia pura de toda realidad que sabíamos estaba ahí y es en ese momento cuando se hace brote amanecido ahí ante el sol de la vida, en ese fragmento de suspiro tembloroso y tiembla junto a nuestro corazón para decirnos que es verdad, que vive a la par con él.

Artículo sobre libro (Por Juan A. Herdi)

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Cecilio Olivero Muñoz

Cibernética Esperanza (capplannetta.com)

Senzala Colectivo Editorial

«Todo ocurre por una razón que no entendemos», afirma el narrador del relato en un momento dado, cuando ya tenemos una idea clara del camino recorrido por el protagonista, Casimiro Oquedo Medrado. Tal vez por ello, porque se nos escapa el porqué de las cosas, lo que motiva los hechos y quizá el sentido de la vida, no hay excusas o voluntad de justificarse, simple y llanamente hay una descripción de escenas que componen una vida, unos retazos que se van sucediendo de un modo aleatorio.

Tampoco hay por parte del protagonista un acto desesperado de rebeldía, no se rebela, no lanza una diatriba contra su vida ni por los hechos que se producen en ella, no hay un grito de angustia por todo ese sinsentido que le envuelve a él, a su narrador, pero también a su autor y en definitiva a todos nosotros, lectores y no lectores. Si le encierran en un centro psiquiátrico, vale; si le dan el alta y lo sacan de ahí, también vale. Así es la vida, al fin y al cabo. La vida de ahora, hay que precisar. A veces somos meras piezas de un rompecabezas que desconocemos y el componedor del rompecabezas va ensamblando las piezas que tampoco tienen un lugar único en el conjunto.

Por ello quizá haya que leer este libro -¿Novela?¿Colección de relatos o de retazos que tienen su independencia narrativa respecto al conjunto?¿Biografía?¿Confesión?¿Tratado de la realidad? Hay que recordar que estamos en el tiempo de la no definición–, porque muestra una nueva actitud ante la vida, ya no es el grito ante Dios o ante la Historia, es simple y llanamente la descripción de lo que ocurre sin más, ni siquiera hay un objetivo, o puede que el objetivo sea la propia escritura. Ya que no podemos entender la razón de las cosas, escribimos y leemos porque sí, sin más, sin ni siquiera la intención de buscar un cierto orden.

Estamos ante un nuevo modo de entender la realidad y por ende la escritura. La tecnología, sin duda, ha cambiado la forma de mirar y de sentir, nos ha individualizado aún más, pero no para ayudarnos a determinar más el yo, sea esto lo que fuere, sino para aumentar más nuestra soledad, la desnudez de nuestras vidas, la impotencia ante tanto caos. Sí, nos seguimos relacionando, es verdad que nos reunimos con otras personas para hablar de libros, de política o de fútbol, nos casamos, nos liamos, nos divorciamos, formamos familias u otras formas de relación o acabamos buscando salidas terapéuticas –psiquiatras, psicólogos, escritura, reflexión, arte–, como se ha hecho toda la vida, pero ahora todo es de forma diferente. Tal vez lo que nos falta es lo antes referido, el acto de rebeldía, ese acto de miedo o de revuelta de Caín ante su destino que, sin embargo, asume. Ya no creemos ni en la revolución, ni en la democracia, ni en la tribu, ni en nada. Estamos solos con nuestra propia soledad. Quizá nunca la soledad fue tan evidente como en nuestra época, cuando vivimos en grandes ciudades y tomamos el metro junto a miles de personas, pero cada cual atiende solo a su teléfono multifunciones. Cibernética soledad.

Tal vez por ello hay que leer este libro, el personaje que deambula por sus páginas es un reflejo de lo que somos, y esto es lo que une el relato a una luenga tradición, la de la literatura como espejo. Mientras, no es baladí, el título nos brinda la existencia de alguna esperanza pese a todo, aunque sea una esperanza cibernética.   

Capplannetta escribe para sobrevivir

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Capplannetta escribe para sobrevivir a los designios que la naturaleza nos tiene acostumbrados. Familias que se separan por causas implícitas en las personalidades carentes de amor, sin clara evocación a la unión como sustancia salvadora de todo peligro que conduzca a la atomización. Hombres simples con mujeres con demasiado carisma, mujeres proscritas de su personalidad y enfrascadas ante maridos machistas que viven bajo el yugo del alcohol y sólo creen en la efectividad del golpe, del agravio beligerante ante un público de confianza. Someten éstos a la mujer o al hombre y lo reemplazan por una persona sin sí y sin no, sin voz alta, sin puño en alto, con miedo atroz. Capplannetta escribe para sobrevivir ante la posibilidad del yo soy más que tú, Capplannetta escribe para sobrevivir al tedio, a la angustia, a la soledad, a la ansiedad, al desconsuelo. Es un pan que come él sólo, es un grito que no se ha escuchado en ningún lugar, es un guacamayo en grisalla, es un apropósito desnudo, es un desprovisto de miedo, el miedo es un lastre. La mujer con miedo merece refugio y justicia materna, el hombre con miedo que elija él si quiere su soledad o el escarnio deliberado. Hay personas que viven endiosados hacia la crueldad y el cobarde aplauso de su solitario ego malvado, ¿dónde nace la maldad de estos seres? Seguramente de la maldad de otros. La sombra de Caín tiene una protección en la frente, marca una equis en tu juego y verás la fecundidad del mal implantar su sabor de hiel y leche putrefacta. Capplannetta huye del injusto andamiaje de frases hechas para componer él su propio léxico en poemas de métrica y café salpicado. Capplannetta quiere un pedazo de paz con unos filetes de tranquilidad en la despensa limpia de su día a día. Si creen que se nutre de tarántulas y de telarañas de avaro, es que no lo han visto nadar entre el amor a miles de kilómetros.