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Capplannetta y la felicidad

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Odio el verano y la Navidad. No, no pretendo aguaros la fiesta. Pero estas fechas son tan asquerosamente injustas que prefiero los días de rutina antes que estos días donde todo el mundo cree tener derecho a la “felicidad”. Y se equivocan. La felicidad es algo tan de nadie como el dinero o como la verdad. Todos tenemos derecho a ser felices pero olvidamos muchas cosas, por ejemplo: que no se puede ser feliz a costa del sacrificio de otros, o por ejemplo esos que a la hora de la celebración hallan una silla vacía. Muchos dirán eso es demagogia barata, yo soy feliz con poca cosa, pero nunca se está a gusto con lo que se tiene, o mejor decir, con lo que no se tiene. Muchos hablan de toxicidad y yo lo llamo egoísmo. Cada cual sabe la piedra que va arrastrando. Y a veces la parcela de felicidad es un quítate tú para ponerme yo, yo no quiero felicidad, los felices son tontorrones y egoístas, yo quiero plenitud, llámenme como quieran, pero en éste manoseo de intereses el que pierde siempre pierde a costa y en pos de la felicidad. Pongo como ejemplo un No absoluto, a ver si así nos enteramos del precio de lo que es un derecho o una ceguera momentánea.

Capplannetta da una de cal y otra de arena

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Debo mantener la casa cerrada en verano, pues vivo frente a una plaza pública y temo que entren las moscas de la calle. Odio las moscas. Son insectos asquerosos y pesados. En la plaza pública se oyen toda una miscelánea de sonidos que no te dejan desplegar las alas de la verdad, son sonidos amenazantes, inquisidores y son parte de una fauna que no me interesa. Se oyen aullidos, silbidos, motores en marcha, gritos de locura alegres o estridentes, se oyen cacareos, se oyen peligrosas y teatrales imposturas, amenazas y golpes en las puertas, y timbres que suenan para apresarte. La plaza pública en verano es como un rumor a unos metros de ti, empieza en el crepúsculo, cuando el sol no es molesto y sí muy preciso, prosiguen en la noche, hasta la entrada en madrugada. Los rumores en la plaza pública pueden ser algo pesados, pueden hasta intoxicarte, debo cerrar las ventanas en verano, si no quiero vivir en un infierno de asfixia y ansiedad constante.

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Todo este texto escrito por mí en otro tiempo, en otras circunstancias, es fruto de mi enfermedad. Una enfermedad que no es buena, mi psiquiatra dice que soy un “atormentado”, y quizá tenga razón. Todo el mundo sórdido, hostil y de vida precaria en calidad es este escrito del pasado, está escrito bajo la influencia psicótica, donde cualquier ruido, cualquier conversación en la calle es tomada en contra de tu equilibrio mental. Es síntoma de mala salud, pues cuando vives con las ventanas cerradas en verano muy dudoso es el equilibrio que te mantiene puro, muy sufrida es la vida con un ventilador de aire viciado y una calor de horno panadero. La asfixia verdadera es cerrar esas ventanas en verano, la asfixia verdadera es creer que cada ruido, cada conversación vecinal va dirigida a tu persona, y entonces tienes ansiedad, te conviertes en un misántropo y no hay alegría en tu vida. Porque la vida no es eso. La vida es vivir con las ventanas abiertas, socializarte con la gente, reír, bromear, hacer bondad. Ser sociable es un principio de alegría y salud mental. Ser agradable es síntoma de buena salud y una señal de virtud. Además, este escrito pasado recuerda a Nietzsche y su Zaratustra. Y ya saben cómo terminó la historia.

año prodigioso

Capplannetta y las vacaciones

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Cuando me iba yo de vacaciones, ya fuese en España como en el extranjero, nunca pensaba en los que no podían, o porque trabajaban o no tenían dinero, o porque su enfermedad se lo impedía. Ahora sí pienso, y bastante. Ahora con esta calor insoportable y el encierro en casa comprendo muy bien la otra cara de la moneda. Cuando antaño me iba de vacaciones parecía como si todo el mundo se fuera y no pensaba quienes tenían que trabajar, quienes estaban impedidos, quienes no tenían dinero. Salíamos todos en tropel con los coches por las autopistas e intuías una alegría extraña y parecía como si todos esos coches, o los pasajeros de un vuelo determinado, tuviesen un mismo destino compartido: el paraíso efímero. Y todos íbamos felices, y hasta algunos saludaban al sobrepasar tu coche, o en los pasillos del avión algún pasajero te sonreía, y todo era ilusión y el verano era azul y éramos maravillosos. Pero en este lado de la moneda, la de ahora, la cosa es muy distinta. Nos quedamos en nuestros hogares, frente a nuestros ventiladores, leyendo un libro, viendo una película, oyendo música, pero el verano de ahora es gris, y pasa muy lentamente, es aburrido y está plagado de ansiedades y de frustraciones varias. Entras en las redes sociales y todo el mundo goza de una alegría colectiva que ha dejado de pertenecerte hace algún tiempo. Pero no es envidia lo que siento, presiento que he dado de bruces con la realidad, la verdadera. La realidad de que este mundo da muchas vueltas, y lo que hoy es suerte, mañana es tedio, y lo que hoy es tedio quizá mañana sea peor. O también mejor, quién sabe.

Rutina en la Lluvia (próxima publicación)

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Capplannetta y las palabras que hieren

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En esta bitácora se sigue una norma: no repetirse, no hacer daño a nadie, y en el caso de que se haga daño, que sea haciendo un ejercicio de crítica constructiva que intente herir lo menos posible. Prefiero mil veces no escribir nada, antes que no respetando los parámetros anteriormente mencionados. También huyo de escribir por escribir, no busco la retórica vacía, busco la conmiseración para con los demás, busco empatía, nunca conflicto, y cuando he insultado o he hecho daño a través de estas publicaciones que expongo; quiero decir ahora que jamás quise hacer daño, que rechazo polémicas de cualquier tipo, que el insulto resulta más corrosivo cuando se le da a éste la importancia tóxica que nos duele y nos repercute en su influencia. Mientras no se le quiten a las palabras el peso o la dureza serán peso y dureza en nuestro interior. La violencia verbal genera aún más violencia verbal, y no nos extrañemos, que si hacemos daño de algún tipo, ese mal se vuelva en nuestra contra. Una palabra vacía no duele, pero se requiere estómago para digerir las palabras que nos dicen, muchas de éstas palabras carecen de sentido, pero otras llevan en su interior un veneno que resulta imposible de digerir, pero ¿qué sería de nosotros sin la ironía? La ironía es necesaria, la sátira una válvula de escape, lo que es imperdonable es el insulto. Solamente los ceporros creen hacer un mal menor con el insulto, e insultar puede molestar o ser tan inofensivo con el aliento de una canción certera, ¿cómo montarse en el autobús con gente a la que le abandona el desodorante?