En la discoteca

En la discoteca además de sonar la música, también sonaba yo. Lo de afuera sonaba adentro, y desde adentro ideaba lo de afuera. Era yo quien sonaba al unísono sonar del capricho del disjockey. Todos miraban impresionados. Una vez llegué a sonar tanto, que se hizo un largo silencio en las retinas de los que bailaban. La luz también me acompañaba. Yo hacía sonar mi guitarra imaginaria mientras la noche cantaba su canción más triste. Al acompañarla yo, la noche se hizo un parpadeo. Echo de menos aquel sonar de lata que caía como lluvia en la rutina de la melancolía. Entre fragmentos de mi voz oigo sonar todavía los murmullos. Oigo murmullos por detrás de los muros. Allí tengo mi casa, pues allí fue donde la dejé. Quiero volver donde nací y ver de nuevo a los muchachos mirar con sorpresa los latidos.

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